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Escritores - Oscar Wong - Chiapas y su Expresividad Metafórica

Chiapas y su Expresividad Metafórica

Óscar Wong

Escritores - Oscar Wong - Chiapas y su Expresividad MetafóricaEn plena frontera sur, entre el águila y quetzal, se erige un prodigioso registro literario que, lejos del regionalismo, y de su particular ámbito limítrofe, demuestra la vigencia universal de su poesía y de su narrativa; una propuesta estética que potencializa el vigor del cántico y lo dimensiona, a través de sus voces trascendentales y renovadoras en la esfera de las letras mexicanas. Pese a sus contrastes socioeconómicos y culturales, Chiapas ha logrado erigirse como una zona notable por su discurso literario, narrativamente vinculado con los grupos étnicos, como ocurre con algunos libros de Eraclio Zepeda (en especial Benzulul) o de Roberto López Moreno (Las mariposas de la tía Naty, por ejemplo). 

Algunos autores sostienen que la geografía, el clima, la particular situación social generada por la lejanía con el centro de la República y su ubicación limítrofe con Guatemala y Centroamérica, así como el rico legado cultural prehispánico, produce una sensibilidad especial entre los chiapanecos, que los hace incursionar en la esfera de la literatura, el periodismo y la política. Por lo mismo, en 1983 surge la antología denominada Nueva poesía de Chiapas ; lo meritorio de esta compilación es la presencia de Joaquín Vásquez Aguilar y de Efraín Bartolomé, principalmente, sin olvidar a Raúl Garduño y Elva Macías, así como de las poetisas Marisa y Socorro Trejo. Tres años más tarde, Alfredo Pavón rescata la obra de los Jóvenes poetas de Chiapas . A juicio del propio Pavón, la obra contiene elementos característicos que identifican a estos ocho autores incipientes: 1) Incorporación de figuras familiares, 2) La figura de la mujer y el amor erótico, 3) Identificación del Yo; y 4) La naturaleza y la ciudad como marco del sujeto poético. Los autores convocados por Pavón -Adolfo Ruiseñor (1962), Alejandro Riestra (1954), Jorge Mandujano (1959), Uberto Santos (1960), Carlos H. Selvas (1953), Luciano Villarreal (1954), Uvel Vázquez (1963) e Israel González (1961)- acusan descuidos formales y semánticos, constantes "debilidades técnicas, impotencia para sostener la totalidad de sus textos. Y la no-distinción entre los mecanismos poéticos y prosísticos" ; el propio Pavón califica la obra de estos escritores como "textos primitivos". Dos libros más se agregan a estos intentos de abordar la dimensión poética de Chiapas. En 1983, Raúl Contla G. elabora El paisaje poético de Chiapas , sin más propósitos que ilustrar, con la obra de 33 autores, las fotografías que caracterizan al trabajo, mientras que María José Rodilla realiza una muestra limitada, y por lo tanto parcial, sobre la literatura de la frontera sur. Cinco entidades surianas, entre ellas Chiapas, son "estudiadas" bajo la simplista óptica amistosa. Tiempo vegetal  se refiere exclusivamente al siglo XX y su criterio selectivo se basa en "ofrecer unos cuantos ejemplos de calidad", aunque la muestra es desmesurada si se advierte el parámetro indicado. Chiapas. Voces particulares, de Malva Flores, busca conciliar a la palabra -como "materia dispuesta y moldeable"- con la "coherencia de la estructura". Es decir, los autores que concurren en esta investigación tienen "más conciencia conceptual de la escritura" como un corpus absoluto "que se funda en la conjunción adecuada entre lo enunciado y la enunciación en sí, entre la fuerza de lo dicho y la tensión de la escritura" . Por su parte, Leticia Coello ha elaborado una mínima selección de poetas cuyos textos son, lamentablemente, ancilares de las fotografías que ilustran el volumen. Rostros del chulel (Rostros del alma) es un trabajo infame. La presentación tiene algunas incordancias y, además, señala que Chiapas, "por su exuberancia, no desampara a nadie, incluso a esa gente noble que se conforma con tan poco, los poetas chiapanecos, precursores de la paz y del sentir del pueblo" . Ninguna ficha curricular precisa la trayectoria profesional de los 21 autores seleccionados.

Chiapas. Nueva fiesta de pájaros, de Óscar Wong, 17 resume un siglo de la poesía chiapaneca; sus consideraciones son del orden estético, aunque pretende rescatar a diversos autores de la antología de Paniagua. Se suma Árbol de muchos pájaros. Antología de poetas chiapanecos del siglo XX18, un muestrario elemental, una compilación de textos mínimos que escuetamente agrega nombres, pero no amplía el horizonte de calidad ni determina algún criterio selectivo. Con fray Matías de Córdova comienza, prácticamente, la tradición literaria de Chiapas; es el introductor de la imprenta y fundador del primer periódico, El Pararrayos, de notable trascendencia porque a través de sus páginas defiende la independencia de Chiapas y, más tarde, su incorporación a México. Pero es indudable que Rodulfo Figueroa inicia la poesía contemporánea en la entidad durante el siglo XIX; inmerso en el modernismo, sin dejar de ser él mismo un romántico, el "padre de la poesía chiapaneca contemporánea" a finales del siglo XX aún aguardaba un apropiado estudio sobre su obra . El ulterior desarrollo de la lírica de esta región fue importante: versificadores, vanguardistas e introductores de diversos recursos estilísticos, como Duvalier y Santiago Serrano, hasta la irrupción de la actual presencia de los autores que han dado origen a lo que ahora se conoce como los poetas de Chiapas, una corriente dinámica, vital, representativa, que se inscribe en el panorama de la literatura mexicana y, seguramente, universal.

La poesía de Chiapas representa una espiral integrada, donde poetas y versificadores aportan sus elementos estilísticos para conformar un mosaico diversificado. También simboliza un círculo abierto que parte del siglo XVII, con fray Matías de Córdova, prosigue con Rodulfo Figueroa, se extiende sobre los precursores de la vanguardia, se amotina con los "espigos" chiapanecos y se abre a la precisión metafórica con Efraín Bartolomé. Conviene precisar que la poesía representa un medio de comunicación y de expresión. En su primera vertiente, el poeta exterioriza sentimientos y pensamientos, pero además -en su segundo aspecto-, expresa, líricamente, una serie de valores connaturales al verso: el ritmo, la cadencia, símiles y metáforas integran la tabla axiológica del poema. La poesía es imagen. Por lo mismo, Rosario Castellanos se yergue, todavía, como una inteligencia insuperable, incluso en el ámbito se las letras mexicanas. Abordó todos los géneros literarios y no desestimó la cátedra ni el periodismo para dar cauce a su preocupación fundamental: oficiar en el altar del conocimiento. Como poeta, desde Apuntes para una declaración de fe (1948) hasta la compilación de su obra Poesía no eres tú (1972) supo enfrentar su vocación con entereza, superando la confesión personal, las particularidades intimistas. Por supuesto que tuvo conciencia de su mestizaje, de la raigambre cultural de una raza vencida, con la consiguiente madurez y profundidad de sus poemas. El desamparo, la pérdida del amor, también potencializan a sus poemas, dándole una gravedad característica.

Jaime Sabines utiliza una expresión enérgica, aunque cotidiana. El sentido es propio, sin que por ello soslaye el lenguaje figurado. Todo en Sabines es sensitivo: hasta a Dios es posible tocarlo, o negarlo, según se presente la ocasión. Algo sobre la muerte del mayor Sabines es un cántico universal que invoca el amor filial. Vital, crudelísimo, el poema exalta la caída del "héroe moral", el padre muerto. El cántico capital de Sabines tiene una secuencia casi cronológica: describe los acontecimientos objeto de su salmodia: la enfermedad del padre, el tratamiento en el hospital, su fallecimiento; recuerdo de los padecimientos como motivo para manifestar el transcurso de la existencia, los funerales, con su descripción fonética vía los responsos agrupados del VI al VIII cantos, hasta desembocar en la reflexión y conceptos sobre la muerte; también representa una dolorosa meditación sobre el sentido del mundo y de la vida frente a la presencia de la degradación física.

En cambio Enoch Cancino Casahonda construye su poesía con sencillez y soltura, elaborando paisajes íntimos y ventanas campiranas. En "Noquis" Cancino hay sabiduría, conocimiento del mundo, del conflicto interior del ser humano, además de su expresión cotidiana donde vibra la provincia. Por ello describe con soltura ese mágico instante en que los seres humanos unos recobramos. Cada poema expresa sabiduría, el conocimiento que deviene en experiencia, gracias a la madurez con que observa al mundo y lo construye líricamente. Es el primer Académico de la Lengua y autor del celebérrimo Canto a Chiapas.

Juan Bañuelos participó, en su momento, en el grupo de poetas conocidos como La espiga amotinada, quienes postularon una propuesta lírica surgida de una fuente común: la exaltación, la ira y la subversión de los cánones literarios. Diferentes entre sí, los "espigos" surgen como un grupo político-literario en una etapa crítica para el país, sobre todo si se recuerda la huelga ferrocarrilera en 1958, con Demetrio Vallejo a la cabeza, y que hizo coincidir, políticamente, a José Revueltas con estos escritores; vale resaltar, además, el movimiento magisterial, el asesinato de Rubén Jaramillo, como otro parámetro histórico para comprender la importancia de esta corriente literaria. La poesía, para Bañuelos, responde a las necesidades de la colectividad como principio irreductible. Acaso por lo mismo el título de su primer libro sea un indicador: Puertas del mundo (1960). El mejor Bañuelos es el que canta el sentimiento mismo del hombre, el que observa a la humanidad desde su perspectiva amorosa. Quiero insistir en el aspecto amoroso del autor de Espejo humeante, soslayado por la crítica. Bañuelos es, por supuesto, un ser sensible que busca reflejar la realidad a partir de las herramientas que tiene a la mano: su conciencia de hombre y su voz de rapsoda. También es un cronista, cuya bitácora lírica va describiendo ritmos y sensaciones, circunstancias y acontecimientos. Las voces de la historia van de la mano de los mitos indígenas. Evocación, deslumbramiento, entonación sacra, incluso en la conciencia colectiva que es su poesía .

En su momento, la iracundia verbal de Óscar Oliva da paso a la ternura, a las circunstancias sociopolíticas e históricas. Erótico y sensual, este autor vuelve una y otra vez a la posesión del lenguaje, donde la función expresiva y comunicadora cobran nuevo sentido al incorporar al discurso lírico el empleo de flechas, círculos y otros símbolos pictóricos y tipográficos, como ocurre en Estado de sitio (1972). Su intencionalidad expresiva lo lleva a desembocar en el ritmo de la prosa, sacrificando muchas veces la imagen. Es decir, la poesía de Oscar Oliva deviene de la zozobra cotidiana y marcha abruptamente en un discurso pleno de libertad metafórica, de ahí el uso del verso largo, como versículo, para determinar su densa respiración. Las enumeraciones son golpes, peñascos que caen y percuten con violencia. En Trabajo ilegal (1985), independientemente de sus contenidos políticos, intenta la reflexión sobre la función poética. De esta manera forja una voz que se vuelca sobre sí misma. Evolución e involución lírica, a la que sigue el expirar y renacer de la palabra.

La voz de Elva Macías marcha decantada, rigurosa en la selección de los vocablos; temas y descripciones fluyen a través de estructuras formales definidas por los especialistas como couplings o apareamientos ; expresiones que asumen estructuras peculiares: Elva Macías recurre a la fluidez expresiva. El tono, la respiración y las imágenes cabalgan sobre el sentimiento íntimo (y objetivo, empero). El lenguaje de la autora se derrama, se "escancia" sobre la copa del poema, del sentimiento mismo.

Inmenso en la sonoridad de la Palabra, imbuido de esa fuerza volcánica, telúrica, Raúl Garduño se irguió con toda su potencialidad lírica desde sus primeros poemas, publicados en el volumen colectivo Poesía joven de México (1967). Paisajes marítimos, de belleza cosmogónica, inundan sordamente los hallazgos líricos, los constantes deslumbramientos que configuran su sentimiento particular. Fallecido en plena juventud, Garduño supo que la naturaleza, esencial en su corpus lírico, era un motor genérico y totalizador. Para este creador la poesía representaba una serie de presagios, símbolos y señalamientos que, de manera precisa, ocultaban esa otra realidad, acaso la más exacta y perfecta: la de las esencias. En su obra encontramos diversas características que confirman este aserto: el tono recitativo, propio del canto y la declamación, expresado mediante estructuras anafóricas y epítome y reiteraciones. Joaquín Vásquez Aguilar, otro juglar desaparecido, es un lírida que va desparramando su voz en golpes de humanidad, donde el calor, el mar, los días oscuros, los cambios de estación, se dan la mano con la esencia poética; por lo mismo, su primer poemario, Cuerpo adentro (1977) representa la crónica de su alma vista a través de la naturaleza, la cual le dio su cualidad y calidad estética, sus núcleos axiológicos. Imágenes sugestivas, golpeando el ritmo, la melodía irrumpen en esta propuesta evocadora de Vallejo. Atmósferas e intenciones creadas en virtud de la sintaxis violentada, son las características de Vásquez Aguilar.

Originario de Ocosingo, Efraín Bartolomé rescata la visión del Idilio salvaje y como Manuel J. Othón canta e invoca a la naturaleza; la convoca para manifestar que su discurso deviene de los astros; basta y sobra citar el primer canto de Música lunar (1992) o los poemas de Ojo de jaguar (1990) para signar lo anterior. Lo plástico y sensual de Bartolomé repercute en su imago mundi: la naturaleza. También hay acentos neocreacionistas; su expresividad lírica representa una cópula singular, donde el amor se fundamenta en la realidad. En Bartolomé se advierte un profundo lirismo, donde la poesía es unión, comunión, signo sagrado. Lo sacro de la existencia, como tema único poético, se devela en su obra. Por lo mismo también hay expresiones testimoniales, afirmaciones y contundencias para enmarcarse en el flujo continuo de la humanidad. El ritual del bardo se consuma: el paisaje es una sutil palpitación, la evocación de un rito, una mágica liturgia. Después de Bartolomé hay otros autores invaluables, como Juan Carlos Bautista (Tonalá, Chiapas, 1964), Roberto Rico (Cintalapa de Figueroa, 1960) o Eduardo Hidalgo (Huixtla, 1963), quienes a mi juicio integran una tríada de interesante relevancia, no sólo por su tono y expresividad rítmica y metafórica, sino por sus pretensiones estéticas de hurgar en temáticas más presentes. A ellos se agregarían Mario Nandayapa (Chiapa de Corzo, 1965) y Víctor García (Acapetahua, 1970), sin olvidar a Manuel Cañas (Chilón, 1956), Yolanda Gómez Fuentes (Tapachula, 1965), el ya desaparecido Francisco R. Gordillo (Comitán de Domínguez, 1970-2002) o más recientemente Víctor Avendaño (San Cristóbal de las Casas, 1970). Con dos poemarios inusitados –Lenguas en erección y Cantar del Marrakech- Juan Carlos Bautista revela una voz vigorosa, impactante, donde los sentidos se enervan en un tiempo apretado, en un espacio profanamente sacro; la eternidad de la piedra, la dimensión estéril del amor entre efebos, se erigen como un bárbaro sobre un campo de trigo. Su poesía puede registrarse como una crónica única, insólita, del placer, de la morena brutalidad, donde ángeles pérfidamente suntuosos, adoloridos, descienden al insurrecto jardín del placentero Edén. Si alguien puede denominarse Poeta, después del Bartolomé, es indiscutiblemente Juan Carlos Bautista, quien aborda una temática homosexual. Metros y ritmos en puntual equilibrio; significados con un sentido, una intención estética más que existencial, caracterizan a la poesía de Roberto Rico, de manera que su obra alcanza una excepcional dimensión lingüística. Un caso inusual en Chiapas, donde el cántico se desborda y el tono recitativo se congrega alrededor del paisaje; el autor se atreve a husmear en versos endecasílabos y heptasílabos, en metros alargados, buscando un efecto rítmico propio, particular, donde los adjetivos reveladores, que más que limitar, amplían el horizonte semántico del sustantivo. Por su parte Eduardo Hidalgo, con un único libro, Eco negro; demuestra que tiene recursos estilísticos suficientes como para enhebrar una obra luminosa; su voz oscila entre la experimentación versicular , hurgando en los espacios vacíos, en los silencios y en la cotidianidad minuciosa de la experiencia vital. Pero en este poemario inicial, el tono elegíaco predomina. La última de forros es reveladora: “Eco negro es un canto por lo perdido, lo revelado y hallado en la muerte. Una estética palpitatoria de lo recobrado entre los escombros de lo citadino y el encuentro filial e intemporal del nosotros”.

María del Rosario Bonifaz, heredera indiscutible del vigor que caracteriza a la poesía chiapaneca; cadencia rítmica gracias a las anáforas reiteradas, particularizan su obra todavía incipiente, pese a sus tres libros publicados, y que aguarda entronizarse a plenitud en el ámbito de la lírica nacional. Por supuesto que entre los recientes autores, Mario Nandayapa, junto con Víctor García, es quien más se enlaza en esta tradición. Su reciedumbre discursiva está llamada a exteriorizarse en un cántico ancestral, revelador, producto de su raigambre idiomática, mítica. Por supuesto que además hay otros autores que apenas van forjando su obra. Gladys Fuentes Milla, radicada en Tabasco, Elda Guzmán, quien continúa persiguiendo el Alba desnuda , Enrique Hidalgo Mellanes, María Auxilio Coutiño y Marvey Altúzar. Se suman a estas expresiones, autores más connotados, como Adolfo Ruiseñor, Roberto Chanona, Marlene Villatoro o Nora Piambo. Movimiento armónico, intensidad metafórica y descripción del paisaje. Tal los rasgos pertinentes de la poesía de Chiapas, que se expresa en versos de diferente factura. Desde la postura becqueriana, tardíamente romántica de Rodulfo Figueroa en el siglo XIX, pasando por el verso decantado de la Castellanos hasta la áspera trepidación entrecortada y la contracción sintáctica, vallejeana, de Vásquez Aguilar, sin olvidar la precisión metafórica y la disposición plástica de Bartolomé, que se desplaza por la invocación susurrante de Roberto Chanona para nombrar las cosas y conjurarlas y toca la develación de los mitos como expresión real, forjadora de del reino del fuego y del silencio para resguardar los enigmas, los estigmas del olvido como sucede en Yolanda Gómez Fuentes.

Distante de los regionalismos, la tradición poética de la zona demuestra la validez universal de estas voces caracterizadas por el sello significativo y renovador. Una presencia que potencializa la reciedumbre del cántico y lo redimensiona, como una particularidad indefectible, en el ámbito de la literatura universal.

oscar_wong83@yahoo.com

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